Tuve la oportunidad de dar una charla a un grupo de académicos en New Orleans sobre el personaje histórico de Enriqueta Faber (1791-?). Ella fue la mujer francesa que se vistió de hombre para estudiar medicina en París y eventualmente sirvió como cirujana en el ejército de Napoleón y fue a parar a Cuba donde fue enjuiciada por hacerse pasar por hombre. Sus habilidades como médico nunca estuvieron en cuestión. Los detalles de su vida se pierden en las calles de New Orleans, a donde fue desterrada en 1823. Nadie sabe qué le sucedió ni si volvió a ejercer la medicina, pero el economista y escritor cubano Antonio Benítez Rojo (1931-2005) le dió vida y alma en su novela Mujer en Traje de Batalla (Woman in Battle Dress).  Fue un honor muy grande para mí discutir una obra tan importante frente a un grupo de gente que conoce bien cómo la economía de las plantaciones en el sur de Estados Unidos  y el Caribe (sin olvidar el resto de las Américas) explotaba a esclavos(as), mujeres y niños para alimentar trapiches de azúcar, molinos de café y fábricas de tabaco. (Todavía nos explotan, pero para otros productos.)

La historia de cómo Enriqueta pudo burlar ese sistema por un tiempo y lograr una carrera en espacios masculinos es más impresionante al toparnos con el hecho de que ella no fue la única. Mi audiencia estadounidense en la charla estaba informada sobre la vida de Loreta Janeta Velázquez, una cubana educada en New Orleans que se hizo pasar por hombre para participar como soldado y espía en la Guerra Civil de Estados Unidos. Sus memorias fueron publicadas en 1876. Su disfraz no fue descubierto hasta que ella misma se lo quitó. Loreta da una larga introducción en su libro sobre otras mujeres que, desde Juana de Arco, se atrevieron a luchar a la par de los hombres. Casi todas pagaron muy caro – no tanto sus causas sino su travestismo. Y el cambiarse el vestuario era la única forma de luchar por sus causas. Enriqueta no tenía otra opción para lograr su sueño de curar enfermos. O se vestía de hombre y se iba a estudiar o se quedaba buscando marido en los bailes, como ella misma (o Benítez Rojo con voz de mujer) narra en la novela.

Entre la gente que asistió a mi charla estaba la novelista Cristina Garcia (Dreaming in Cuban, The Agüero Sisters). Ella era la Keynote Speaker en la conferencia esa noche y vino a la charla a escuchar a mis compañeros panelistas discutir las obras de ella sobre cubanas en el exilio. (Yo me hubiera puesto nerviosa si mi autor pudiera haber estado allí, aunque me gustaría pensar que estaba allí en espíritu.) Después de la charla tuve la oportunidad de hablar con ella y me preguntó más sobre la vida de Enriqueta. También me habló de su personaje Chen Fang  en Monkey Hunting, quien se educó en China a principios del siglo XX vestida de hombre. Chen Fang resulta ser otro ejemplo de mujeres sin fronteras, ni de género ni de nacionalidad. El mundo las miró como aberraciones, cuando en realidad fueron personas  muy productivas y ahora admiradas.  En el caso de Enriqueta, ella tuvo que traspasar frontera tras frontera: era francesa haciéndose pasar por cubano para estudiar en París. En Cuba era conocida como Enrique Faber, doctor cubano con acento francés. Y pensar que yo puedo ir, vestida de puertorriqueña y con acento boricua, a hablarle a un montón de profesores norteamericanos con acento sureño acerca de un escritor cubano que escribe como una francesa que pasaba por cubano para ser doctor(a). Alguien pagó el precio por mí, para que mi vida sea lo que es. No todo ha cambiado, pero mi generación entiende que muchas cosas son como la cuchara que se dobla en la película The Matrix:  “There is no spoon.” Las limitaciones de géneros y fronteras son para doblegarse ante el poder de nuestra voluntad  –  porque no son nada.

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