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laresFoto: Flora Lopez (abuela) y Raquel en la plaza de Lares, Puerto Rico en diciembre 2011.

Yo nunca fui la nieta perfecta, pero Mamá Flora siempre me trató como si yo lo fuera. Me recibía con los brazos abiertos no importando cuanto tiempo había pasado desde mi última visita y me ofrecía dos tesoros muy grandes: los gandules que cultivaba con amor durante todo el año y los pasteles que pasaba horas de horas preparando. A veces los más cercanos — que eran más merecedores — no comían de esos gandules hasta que Raquel aparecía de visita. Dicen que la comida sabe mejor cuando se prepara con amor, y la comida de Mamá Flora sabía a amor y devoción.

Desde que me quedaba en su casa durante los veranos desde muy pequeña (y ella me aceptaba con mi maletita aunque yo dijera que solo venía a visitar a Papi Quín), ella me llevaba a la plaza del mercado y después me ponía a amasar y rodar tortillas con ella en el counter de su cocina (creo que esto lo aprendimos de Tía Remedios).

Mientras cocinaba me iba contando y respondiendo a todas mis preguntas de reportera de 7 años. Así supe que ella apenas pudo terminar la escuela elemental — supuestamente porque la maestra se rompió una pierna y no pudo volver a cruzar el río y caminar lejos para ir a dar clases en el barrio Mirasoles de Lares. A pesar de esto, mi abuelita con poca educación formal trabajó muy duro para educar a mi Papá y por ende nos educó a mí y a mi hija. Alexandra, que es medio gringa, tuvo la dicha de conocer a su bisabuela y saber exactamente de donde salen sus rizos y de donde su propia mamá y su abuelo sacaron esa actitud de que “aquí no ha pasado nada” aunque se caiga un pedazo del cielo.

Mamá Flora me contó de manejar un fogón desde que era una nena igual que yo. Me habló de caminar por el campo cargando el almuerzo que habia preparado ella misma para Papa Nobio y los recogedores de café. De haber conocido a Quin a los 17 años, de como él hizo arreglos con Papa Nobio, y después le preguntó a ella si se quería casar. De como tuvo suerte de haberse casado con un hombre bueno. Y de como trabajó en fábricas para ayudar a poner comida en la mesa y comprar libros para la escuela de los muchachos. Mamá Florita me demostró que a los hombres hay que tenerlos derechitos para que te respeten. Y de ella aprendí que está muy bien decir lo que una piensa. También me enseñó que los lunes se lava ropa, que los martes se plancha, los miércoles se va al mercado, los jueves se barre y los viernes se visita a los bisabuelos (y a Tanía). En otras palabras, que hay un tiempo para todo.

Al final de su vida (o tal vez siempre) Mamá decía exactamente lo que pensaba — yo creo que se había ganado ese derecho — y cuántas veces me hizo reír. Ojalá que cuando yo tenga 80 y pico de años (si acaso llego) todavía me vaya sola en mi carrito al colmado a las 7 de la mañana, barra las hojas en la acera, haga viajes con las muchachas del club, y me arregle para ir a la iglesia.

En estos días he llorado mucho y de soplarme tanto la nariz por fin se me destaparon los oídos de una sinusitis que tenía desde hacían dos semanas. Así que puedo decir que mi abuelita sorda también me ha devuelto la audición.

Esta mañana pude escuchar el mar desde mi casa y sonaba igualito que el mar de Arecibo por la madrugada, antes de que se levanten los pajaritos. En su vaivén pude escuchar la voz de Mamá Florita que me decía como siempre, “Ponte positiva.”

Esa voz siempre estará conmigo.

Posdata:
Queridos Lily y José, siento mucho haberme comido los gandules que les tocaban a ustedes durante los últimos 40 años. Fue por la buena causa de complacer a Mamá, y además siempre estaban muy ricos y era muy difícil dejar de comerlos.

Gracias a mi querido hermano Fernan por leer estos pensamientos durante el sepelio de Mama Flora en Arecibo, Puerto Rico, Octubre 2015. 

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