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I wrote this on 10/27/10, a couple of days after I returned from visiting my blood sister, Becky, and my adopted Jamaican sister, Marcia, in North Carolina. They are both beautiful, nurturing and tough as nails. My Jamaican sister doesn’t have much in terms of material things, but she always finds ways to give. She indeed has a treasure trove of kindness, wisdom and good cuisine. And she doesn’t mind sharing. We often talk about our respective islands and the trees we used to climb when we were growing up. Often, she’ll talk to me longingly about a particular fruit, like a gnep(sp?), and I’ll say “I know what you’re talking about, it’s called quenepa!” I couldn’t be luckier than to have run into Marcia during my adventures in North Carolina.

This small poem to our friendship and Caribbean kinship is my humble attempt to reciprocate her many gifts.

A mi hermana jamaiquina, on occasion of having found another tropical fruit we both like to eat.

 You breathe out coriander and Thyme

                Which, in your mouth, is the endless Time we wish we had.

Your essence turns noses and eyes –  

a trail of sweet pheromones is your blessed footprint.

Love, kindness and forgiveness march in your army.

Lightheartedness is your shield.

You, ephemeral songbird rising up.

You, bright star in the darkest wood.  

Your table is always set

                and welcomes all.

I bring the chicken, you rub the curry.

I bring the breadfruit, you show me how to bake it.

I bring the climbing gear

useless

 until you show me how to climb our mountain.

We’ll build a bonfire at the summit

and look upon our children

hundreds of them

shining like bright stars in the dark Caribbean night.

(For now, we’re just an archipelago of two small islands.)

My knowing sister.

gnep, quenepas, mamoncillo

Quenepas I photographed (and promptly ate) in Puerto Rico.

My Jamaican sister.

You see all, what could I add?

Here are some quenepas

                they’re all I have.

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A Ñeca

 Desperté el cuatro de julio de un sueño muy largo.

 Tú me llevabas por Nueva York, por callejones de Spanish Harlem, por tus edificios, evitando gente peligrosa, saltando sobre escombros, vallas, construcciones de nunca acabar.

Entramos a un edificio a medio terminar, oscuro, tenebroso. Había gente sin autorización de estar allí. Un hombre dormía en el piso. El edificio olía a apocalipsis. Se escuchaban ruidos de máquinas y clamores extraños.

 Subimos unas escaleras blancas y anchas a tientas, sin saber si las luces estaban rotas o si era muy temprano para encerderlas. A mitad de camino, dijiste, Mira.

A través de las vallas de construcción había un ventanal.

Abajo en la bahía se veía la torre de un presidio.  

Más allá de la torre el mar se abría inescrutable.

Pero yo sabía que había algo más allá del mar.

El mar de este mundo terminaba en una isla. La isla del origen. La cueva de Aytí. Donde Iguanaboína recibió a tus ancestros y los míos. Allí era a dónde yo quería llevarte desde un principio. A levitar sobre el sumidero de mis tres pueblos que también son tuyos.  

Pero tú dijiste, No, esa isla es una leyenda. Déjame enseñarte la realidad.

Me arrastraste hasta el último peldaño de la escalera, me hiciste seguirte por un pasillo estrecho que terminaba en una oficina pequeña y sin ventanas. Me dijiste, Tengo que trabajar, busca algo que hacer.

Yo quería salir de aquel laberinto. Creí recordar el camino de regreso, pero me daba miedo ir sola. Tal vez nunca saldría de allí, pero había que intentarlo. No sabía qué hacer en caso de llegar a la calle. ¿Cómo regresar hasta la bahía, cómo volar sobre el océano que me separaba de mi origen? ¿Cómo volver al sumidero de karso, con su foresta circular, con su fuerza de agua subterránea que sigue fluyendo; con su magia misteriosa que el rey de la isla demuestra no entender cuando saca un dedo flaco y denuncia a los que estan “en maridaje con los ambientalistas.” Como si eso fuera una acusación. Tal vez para él, concubino de desarrolladores que quieren tapar el sumidero y construir otro condominio. Yo sé que esto es real y que el presidio es inventado, y los edificios a medio construir son de cartón.  Y la metrópolis toda es de cartón.

Con esa certeza, y a pesar del miedo, logré salir del edificio. Afuera ya era de noche. Pero las calles estaban repletas de gente que vino a ver los fuegos artificiales. Se oyen disparos y pirotecnias a la vez. No sé de qué bando estoy porque los bandos no me importan. Estos bandos no saben que existe un sumidero en una isla. Abro la boca para protestar tanta estupidez. Nadie me oye sobre el tumulto. Titubeo entre regresar al edificio oscuro o proseguir. Prosigo hasta la bahía sabiendo que no hay forma de cruzar el mar. El sumidero me llama. Desde lejos, como por internet, su círculo me muestra imágenes proyectadas sobre la neblina de su pantalla circular. Es una tumbadora gigante con un fino y silencioso cuero de neblina. Veo una democracia golpeada, policías asustados macaneando mujeres y estudiantes, jóvenes tirando piedras, pájaros tirándole a las escopetas. Escopetas teledirigidas apuntando a un hombre desarmado que se asoma a su puerta. Hormigueros bañado en sangre. Mujeres golpeadas por sus maridos, hijos asesinados por sus padres. Puntos peleados en Sabana Seca. Pérdidas vengadas en un río de sangre. Todo se ve en la pantalla circular del sumidero. Todo se ve. Todo se hunde. En silencio.  

Alguien me sostiene la cara para que mire.

Son la manitas de mi hija que me despiertan: “Happy Fourth of July, mami!”